CALLES Y SOMBRAS...
Audroc

 


Voy sembrado millares de rosales blancos
que te aproximen su aroma en las distancias,
y en el dolor silenciado en sus fragancias
se vuelva en unidad lo que está estanco.

Siguen mis pasos un camino sin sendero,
por calles transitadas en sombras de un ocaso
y aferrada tu imagen vacía de mi brazo,
hiere como puñal con su templado acero.

Al ser ausencia la presencia que acompaña,
en una imagen sin imagen revivida,
no cesa de sangrar el alma por su herida
y al cristalino amor el frío empaña.

Voy caminando un camino sin camino,
haciendo senda del sendero transitado,
y sin el brazo que a mi brazo iba tomado
no encuentro su horizonte a mi destino.

De tu ausencia, tu presencia me ha dejado:
Espinas de rosales sin olvidos.



ALMA...
Audroc
(Del Libro: "DESTELLOS... del Alma")



Tienes la infinitud de los azules
cual la esbeltez del mar en transparencia,
cuando la vida descorriendo tules,
libera al fin, la imagen de la esencia,
emergiendo de un bosque de abedules
frenéticos de noches en ausencias.

Eres al fin, la llama sorprendida
por una luz crepuscular de aurora.
Y eres también, un canto por la vida,
desde la fluidez del sol que se atesora,
en la voz acallada por la herida
desde el reloj que se quedó sin horas.

Tiembla el pudor de un sueño en el desnudo
frente al ojo interior que dio su paso,
y el encuentro feliz es un escudo
donde todo temor rueda a pedazos,
frente al triunfar del corazón que pudo,
integrarse a la esencia en un abrazo.

La infinitud azul, se vuelve llama,
cual el rumor inmaterial del fuego;
desde un leño encendido, donde inflama,
la luz sublime de su mundo ciego.

¡ Átomo en combustión…!
¡ Dolor que clama y que a su vez libera…!
Manos en ruego, en tus distancias…



OCRE ...
Audroc



Odio a las escobas que barren hojas amarillas.
Ha bajado el otoño a las veredas,
con un canto de viento
que acuchilla su éxtasis de crepúsculo
que se enreda en el alma. Y es línea de la orilla
de un hálito de paz, donde nos queda,
el gorjeo de un jardín que rueda
con el eco que encubre la semilla.

Amo profundamente esa alfombra dorada.
Que remeda del bosque que se oculta
en la reminiscencia de una tierra callada,
y que habita entre los mástiles de pinares vetustos
y alamedas enhiestas de la hora olvidada;
cuando el grito del alba merodeaba la abrupta
soledad de montañas, soslayando la ruta,
al hacerse la noche, y a su vez, madrugada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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